







Lost representa, como muchos ya llevan tiempo comentando por ahí, un hito en la historia de la televisión, nunca una serie de televisión había jugado con el espectador de la manera en que Lost lo ha hecho, ha sido una serie en la que no ha habido dos capítulos iguales, las distintas temporadas incluso son totalmente diferentes entre sí, con distintos argumentos, distintos desarrollos y distintos personajes, casi independientes. Desde el momento en que se emitió el primer capítulo la serie fue cambiando, mudando de piel a cada semana, pero los espectadores seguíamos enganchados, J.J. y compañía nos tenían atrapados, y sabían muy bien que es lo que tenían que darnos (o más bien que es lo que no tenían que darnos). Un conjunto de conceptos e ideas que fueron abriéndose camino en la serie para atraernos más si cabe hacia sí. Primero fueron los flashbacks, hábil elemento con el que pudimos conocer lo ocurrido a los protagonistas antes de llegar a la isla, luego el monstruo, a veces presente, otras veces largas temporadas de vacaciones, pero siempre aparecía en el momento adecuado para hacer sufrir a los personajes y a nosotros; luego resultó que la misteriosa iniciativa Dharma ya había estado en la isla antes que los perdidos, qué hacían en ella y porqué es algo que nos mantendría intrigados a todos durante mucho tiempo; más tarde, en una inteligentísima reinvención como nunca antes se había visto, irrumpieron los flashforward, con los que conocimos los eventos ocurridos después de dejar la isla y que fue el elemento clave que anunciaría, aunque entonces no lo supiéramos, los devaneos temporales que vendrían después; Jacob ya llevaba un tiempo rondando por ahí para aquel entonces haciendo nadie sabe qué y maquinando para cumplir su plan; cuando parecía que nada más podría sorprendernos, en la sexta temporada aparecieron los flash-sideways (concepto inventado por la propia serie), si ya conocíamos lo que ocurría antes y lo que ocurría después, ahora le tocaba el turno a lo que ocurría a la vez (pero ¿donde?). Cada episodio de Lost parecía pertenecer a una serie distinta aunque contara la misma historia. Cuando el fenómeno Lost apareció, series que habían sido revolucionarias como CSI ya no lo parecían tanto, los posteriores creadores se lanzaron a copiar el patrón. Lost ha sido el padre y la madre de un buen puñado de series, algunas mejores, otras peores, pero todas con una referencia común. Estamos hablando de una serie que consiguió que el presidente de los EE.UU. cambiara de fecha un discurso a la nación para no coincidir con la emisión serie, esto dice mucho de la importancia relativa que ha tenido. No hay duda de que Lost ha cambiado la forma de entender la televisión.
Hablamos de una serie que ha conseguido lo que muchos pedíamos desde hace años: la emisión simultanea en EE.UU. y en otros países del mundo de un mismo episodio. Solo ha ocurrido con el último episodio, cierto, y la emisión en España fue una chapuza, pero representa un gran paso y la prueba de que otra manera de hacer televisión es posible. Todo ello se debe obviamente a la grandísima historia que nos han contado, una aventura inmensa, inconcebible y, a menudo, incomprensible, que hablaba sobre temas más grandes de lo que podíamos imaginar. Una historia que nos ha hecho pensar y reflexionar, y que principalmente nos ha mantenido en vilo gracias a la intriga con mayúsculas que impregnaba cada episodio. Pregunta tras pregunta iba avanzando la serie y nosotros con ella. Cuando un misterio parecía a punto de resolverse, otro más grande aparecía en su lugar y no solo no resolvía el anterior sino que le daba una nueva dimensión, las teorías surgían por toda la red a cada capitulo que se emitía, los fans se estrujaban la cabeza intentando averiguar que demonios ocurría en la maldita isla y Damon Lindelof y Carlton Cuse sonreían de forma picara a cada pregunta que se les realizaba sin decir ni pío. Los misterios han sido sin duda el motor de la serie, pero todo motor necesita un combustible, y este combustible, el mejor posible sin duda, han sido los personajes.

Lost siempre ha sido una serie de personajes. Jamás hubiera funcionado si los espectadores no hubiéramos empatizado con ellos desde el primer momento. Ya en el episodio piloto nos angustiamos con Boone buscando entre el caos del accidente un boli con el que poder salvar la vida a Rose, sufrimos por el bebe de Claire antes incluso de saber como se llamaba, también nosotros tuvimos reparos hacia Sayid y nos identificamos con el bueno e inocente de Hurley, al final incluso acabaríamos queriendo a la en principio repelente Shannon y apreciando de algún modo a un ser manipulador y ambiguo como Ben Linus. Reconozcámoslo, a nadie le hubieran importado un carajo los Otros si no se hubieran llevado al bebe de Claire, nadie habría querido saber que se escondía debajo de la escotilla sino fuera por el viaje personal de Locke hasta conseguir abrirla, nunca nos preocupó que el mundo pudiera realmente acabarse, lo que nos importaba de verdad era ver que hacía Desmond después de descubrir que llevaba tres años pulsando una tecla para nada. La pregunta más importante nunca fue ¿Qué es la isla? Sino ¿Quiénes son ellos? Si algo hay que reconocer a los creadores de Lost no es que hayan revolucionado el mundo de las series de televisión, ni la intrincada y enrevesada historia que nos ha mantenido en vilo durante seis años, sino la gestación de unos personajes que nos han hecho reír y padecer, a quienes hemos amado y odiado, con quienes hemos vivido aventuras y a quienes hemos llorado sus muertes, personajes imperfectos que nos han planteado sus dudas, que han crecido con nosotros, y se han redimido delante de nuestros ojos. Ellos, a quienes hemos perdonado cosas imperdonables y quienes nos han hecho vivir momentos inenarrables son el verdadero corazón de la serie.
Los personajes han sido siempre el verdadero corazón de la isla.

Por eso The End, último episodio de la serie, ha estado no solo protagonizado por ellos sino dedicado a ellos. La sexta temporada se había encargado de ir cerrando tramas e historias, de ir resolviendo (a su manera) algunos de los misterios que nos acompañaban desde hacía tiempo. Nos hablo de Jacob, de
Sayid, Jack, Hurley, Sawyer, Jin, Sun, Kate, John, Claire, Ben , Charlie, Desmond, Michael, Juliet, Miles, Shannon, Richard, Walt, Daniel, Frank, Boone, Mr. Eko, Ana Lucia, Libby, Rose, Ilana, Bernard, Charlotte, Tom, Rousseau, Alex, Christian, Widmore, Pierre Chang, Nikki, Paulo, Cindy, Penny, Ethan, Naomi, Keamy, Aaron, Mikhail, Phil, Horace, Nadia, Arzt, Eloise, Jacob, Anthony Cooper, Roger Linus, Radzinsky, Cassidy, Liam Pace, Goodwin, Abbadon
y Vincent
Es Canino (Kynodontas, 2009) una película incomoda, tanto en su forma como en su fondo. En su fondo la incomodidad recae en el tema que se trata y en la naturalidad y crudeza con la que se trata. La película cuenta la historia de una familia algo peculiar. Un padre dictatorial y manipulador mantiene a toda su familia (mujer, un hijo y dos hijas) encerrados dentro de los muros de su casa, totalmente alienados y separados de la realidad del mundo. Los hijos viven en el microcosmos creado por su padre, sin tener más información del mundo que la adulterada educación de sus progenitores. La madre ha sido convertida en un mero elemento reforzador de la idea de unidad familiar pero que ha sido despojada de toda autoridad física y moral sobre lo que ocurra en la casa o a sus hijos. Estos, rondado la treintena, poseen la ingenuidad propia de los niños debido a la educación sesgada y controlada que se les ha dado. La única persona ajena a la familia que ha entrado jamás en la casa es Christina, la mujer que trae el padre para practicar sexo con su hijo (por supuesto las hijas no tienen ningún derecho a ello) y que será la que provoque gran parte de lo que llegue después, en una excelente metáfora del daño que una información no oficial y convenientemente censurada puede hacer para la estabilidad de un régimen. El aséptico entorno en el que viven, será un excelente contraste cuando los secos y esporádicos estallidos de violencia salpiquen de rojo el blanco de ropas, paredes y mobiliario. En su forma la incomodidad se encuentra en el poco convencional modo con el que el director griego acomete su propuesta, Giogios Lanthimos usa unos encuadres atípicos en los que las caras de los personajes y sus expresiones quedan fuera de cuadro, haciendo hincapié en sus acciones mas que en los sentimientos (anulados e invalidados debido a su adoctrinamiento) que estas representan para ellos. Incluso los enfoques son algo extraños, centrándose en ocasiones en objetos cotidianos mientras el objetivo de la acción permanece fuera de foco. Durante la primera media hora de la película apenas sucede nada, una serie de planos fijos larguísimos nos muestran la peculiar situación en la que vive la familia, prestando el director una desmesurada atención a escenas aparentemente poco importantes para el desarrollo de la trama, algo que lejos de provocar aburrimiento, no hace sino acentuar la sensación de incomodidad y extrañeza que la película transmite. No será hasta que Christina intercambie su diadema con la hija mayor y lo que le pida a cambio cuando empezara a girar la rueda que moverá la película hasta su abrupto desenlace
La crítica a la sociedad actual es manifiesta, la incomunicación en la pareja, la mecanización en la que estamos inmersos en nuestra vida diaria, la influencia que el entorno en el que somos criados ejerce sobre nosotros, la inevitable violencia de la que estamos rodeados y como nos enfrentamos a esta, la incomodidad de las familias actuales en hablar de ciertos temas que puedan parecer comprometidos (¿Cuántos querrían decirles a sus hijos que un coño es una lámpara grande?). Quizás lo que mas llame la atención, por obvio, sean los esfuerzos que realiza el padre para mantener a sus hijos dentro del entorno que ha creado; convencerlos de que un gato ha matado a su hermano desaparecido, traducir libremente canciones para transmitir su mensaje, incluso quitar las etiquetas de todos los productos que compra son esfuerzos claramente mal enfocados pero con un fin en teoría loable, protegerlos de las maldades del mundo. Es lícito preguntarse pues, si esta sobreprotección mal entendida es producto de una maldad consciente por parte del padre, de un trastorno mental latente o bien es provocada involuntariamente por una sociedad opresiva y cruel que crea monstruos a su imagen. Pueden parecer demasiadas reflexiones para una sola película, y en cierta forma lo son, sin embargo Lanthimos habla de todo esto de una manera sencilla pero convincente, planteando preguntas que otros callan pero dejando siempre la reflexión última para el espectador. Sin duda Canino es una película atrevida que se mira en el espejo de la sociedad actual para crear un entorno perturbador pero plausible. Un espejo en el que no es difícil vernos reflejados.
Grecia, 2009
T.O.: Kynodontas.
Director: Giorgios Lanthimos.
Guión: Giorgios Lanthimos y Efthymis Filippou.
Productores: Yorgos Tsourgiannis.
Producción: Boo Productions.
Fotografía: Thimios Bakatatakis en color.
Diseño de produccion: Stavros Hryosogianis.
Dirección artistica: Elli Papageorgapoulou
Diseño de vestuario: Elli Papageorgapoulou.
Montaje: Yorgos Mavropsaridis.
Duración: 94 minutos.
Estreno Grecia: 11 de Noviembre de 2009
Estreno España: 14 de Mayo de 2010
Interpretes: Christos Stergioglou (Padre), Miechele Valley (Madre), Aggeliki Papoulia (Hija mayor), Mary Tsoni (Hija menor), Cristos Passalis (Hijo), Anna Kalaitzidou (Christina), Alexander Voulgaris (entrenador de perros).
Argumento:
Un padre autoritario y manipulador mantiene a su mujer y a sus tres hijos (un hijo y dos hijas) encerrados dentro de los muros de su casa. Los hijos nunca han salido de la casa y el único conocimiento que tienen del mundo es por la educación adulterada que les dan sus padres. La única persona ajena a la familia que entra en la casa es Christina, una mujer traída por el padre para practicar sexo con su hijo.
Es por todos sabido que los cambios culturales y sociológicos que acontecen en el mundo son reflejados en mayor o menor medida en las artes que se producen en cada tiempo determinado. En este caso, y dada la temática de este blog, en el cine. De esta forma, y respondiendo en parte a las preguntas que se planteaba Nacho Vigalondo en su blog, los problemas que asolan el planeta en los primeros años del siglo XXI (guerras, hambre, terrorismo, corrupción) y la facilidad de acceso a la información sobre ellos por parte de la gran mayoría, hacen que uno casi se sienta un ser inmoral disfrutando de una película sencilla, divertida y sin profundas reflexiones. Dado lo mal que está el mundo, el cine se ve en la obligación de reflejarlo en toda su crudeza para resultar creíble y correcto. Los personajes son grises, el honor no existe, la justicia esta en venta. Haciendo un repaso de las películas que se estrenaron en los primeros años de la década de los noventa y comparándolas con las que nos presenta el cine actual podemos encontrar grandes diferencias. Mientras que en estas los protagonistas son personajes críticos, profundos, con una manera algo pesimista de mirar al mundo, con graves trastornos internos, y en ocasiones difícilmente distinguibles del villano de turno, en aquellas eran personajes valientes y heroicos, cómicos en muchos aspectos, eran personajes que transmitían alegría, coraje y sencillez, interpretados con cierta ligereza emocional dentro de películas que no se terminaban de tomar en serio a sí mismas pero que no por ello perdían el interés o la calidad. Tomando como ejemplo a personajes como el Batman de Christian Bale, el James Bond de Daniel Craig, el Perseo de Sam Worthington, el Anakin Skywalker de Hayden Christensen o el ultimo Robin Hood de Russell Crowe, (hagamos una excepción en Robert Downey jr. y en Johnny Depp que parecen ser los únicos capaces de crear personajes diferentes sin caer en la parodia) y comparándolos con el John McClane de Bruce Willis, con el Batman/Joker de Michael Keaton/Jack Nicholson, el Indiana Jones/Han Solo de Harrison Ford, el Martin Riggs de Mel Gibson o este Robin Hood de Kevin Costner, podemos apreciar una cierta regresión hacia la faceta mas oscura del ser humano, una notable relevancia de las emociones mas duras y censurables y la psicología en su parte mas introspectiva y reflexiva. Es por ello que revisitar una película como Robin Hood: príncipe de los ladrones (Robin Hood: prince of thieves, 1991) hace que nos recorra una ligera sensación de perdida, y nos haga decir aquella frase tan manida de “ya no se hacen pelis como esta”. Y es que, en cierto modo, es verdad.

La frescura, el atrevimiento, las pocas pretensiones, el sentido del humor y la aventura en mayúsculas son lo que mejor define al film de Kevin Reynolds. Este intentará alejarse estética y formalmente de las anteriores interpretaciones del personaje, grabadas en el imaginario popular en las carnes de un Errol Flynn con mallas y pluma en el sombrero, aunque sin arriesgar demasiado en el intento, lo que la convierte en el necesario paso intermedio entre estas y la nueva e hiperrealista versión del personaje llevada a cabo por Ridley Scott, que lo acerca al prototipo de héroe actual al que me refería antes. La película nos muestra el clásico enfrentamiento entre el bien y el mal sin mascaras ni engaño alguno. Las cosas están claras desde el principio. Los héroes se desenvuelven en un entorno realista, demarcado por un contexto histórico autentico (las cruzadas son nombradas en numerosas ocasiones a lo largo de la película) y por los contratiempos mundanos que les acechan (el hambre, las dificultades de parto, los problemas entre hermanos); mientras que los villanos se ven inmersos en un claustrofóbico ambiente semifantástico en donde reinan los colores oscuros y las sombras y la principal consejera del sheriff de Nottingham es una vieja bruja con un ojo de cristal. Mientras que las emociones que se respiran en el bosque de Sherwood son el amor, la amistad, el compañerismo o el valor; en el castillo de Nottingham estas serán sustituidas por el odio, el rencor, la venganza y la envidia. Esta franqueza en el planteamiento es seguida también a nivel interpretativo. Los personajes no están construidos sobre detallados matices de personalidad sino sobre tópicos generales y generalizables, algo que en ningún momento atenta contra la integridad de la película sino todo lo contrario; permite al público la rápida identificación con los mismos y acelera el camino hacia lo que realmente importa, la aventura. Del reparto, poblado de caras conocidas como es de esperar dadas las características de la producción, destaca, como es habitual en él, Alan Rickman que hace de su sheriff de Nottingham un personaje exagerado, cómico y algo amanerado, haciendo de Johnny Depp antes incluso de que este hubiese inventado su particular marca de fabrica. La excelente música compuesta por Michael Kamen (con la introducción de la inevitable balada pop de moda a cargo de Bryan Adams) que sabe conjugar la acción con la épica de forma magistral termina de redondear el producto. Es una lastima que tras una década, a finales de los 80 y principios de los 90, haciéndose cargo de las bandas sonoras de algunas de las películas de acción/aventuras a las que me refería al principio: Arma letal (Letal weapon, 1987), Jungla de cristal (Die hard, 1988), El ultimo gran héroe (Last action hero, 1993) o El ultimo boy scout (The last boy scout, 1991), por poner solo unos pocos ejemplos de su vasto trabajo, este gran compositor, parezca no haber encontrado su lugar en el cine del siglo XXI, habiendo participado únicamente en una decena de proyectos, la mayoría de los cuales podrían considerarse menores en comparación con su trabajo anterior.
Toda esta aparente simplicidad no hacen de Robin Hood una película menor ni mucho menos, sino un mas que digno film de aventuras totalmente reivindicable y del que muchos cineastas actuales tendrían mucho que aprender (estoy pensando en Michael Bay o Louis Leterrier). Las escenas de acción están rodadas con un pulso firme y accesible, destacando entre ellas el inevitable duelo final entre Robin y el sheriff de Nottingham, lleno de tropiezos, caídas, empujones y piruetas varias que lo asemejan mas a una divertida pelea de patio de colegio que a un concluyente duelo final. El tema mas trascendente del film (el único podríamos decir) es sin duda el discurso pro-hermanamiento de las religiones esgrimido principalmente mediante el personaje de Azeem (Morgan Freeman) que, a pesar de todo esta tratado de una forma demasiado tangencial como para representar un peso importante en el resultado total del largometraje.
Robin Hood: príncipe de los ladrones supone pues una entretenida propuesta que se aleja de las ingenuas adaptaciones anteriores pero sin llegar a la extrema objetividad de la película de Scott. Una película de esas que ya no se hacen, porque los tiempos han cambiado, pero de las que aún podemos disfrutar sin por ello dejar de lado nuestra particular visión crítica sobre el mundo.
T.O.: Robin Hood: prince of thieves.
Director: Kevin Reynolds.
Guión: John Watson y Pen Densham sobre una historia de Pen Densham.
Productores: Pen Densham, Richard Barton Lewis, John Watson y Kevin Costner.
Producción: Warner BROS. Pictures y Morgan Creek Productions.
Fotografía: Douglas Milsome en color.
Diseño de produccion: John Graysmark.
Dirección artistica: Fred Carter
Diseño de vestuario: John Bloomfield.
Montaje: Meter Boyle.
Duración: 143 minutos.
Estreno USA: 14 de Junio de 1991
Estreno España: 21 de Junio de 1991
Presupuesto estimado: $50,000,000
Interpretes: Kevin Costner (Robin Hood), Morgan Freeman (Azeem), Mary Elisabeth Mastrantonio (Marian Dubois), Christian Slater (Will Scarlett), Alan Rickman (Sheriff de Nottingham), Geraldine McEwan (Mortianna), Michael McShane (Friar Tuck), Michael Wincott (Guy of Gisborne), Nick Brimble Little John).
Argumento:
Cuando Robin de Locksley vuelva de las cruzadas a su tierra natal se encontrará con que el Sheriff de Nottingham y sus secuaces se estan apoderando de esta a base de explotar a los ciudadanos ante la ausencia del rey. Robin se unirá a una banda de bandidos y los liderará hasta la libertad.
Nacho Vigalondo es la prueba viviente de que existen en España directores con puntos de vista originales, con planteamientos artísticos digamos “fuera de lo establecido”, y con una calidad técnica, si bien, aun no probada, si intuida, y sobre los que la industria cinematográfica española pasa por alto sin tan siquiera detenerse a echar un vistazo, robándonos la posibilidad a los espectadores de valorar el interés (o desinterés) de sus propuestas. Los Cronocrímenes (2007) fue vista por primera vez en España dentro del marco del festival de Sitges en su edición de 2007 y tras esto fue galardonada con premios en numerosos festivales y nominada en otros tantos, incluyendo las nominaciones a mejor película en el festival de Sitges y a mejor director novel en nuestros queridos/odiados Goya. Aún así haciendo gala de una ceguera cinematográfica harto vergonzosa fue “estrenado en salas españolas” el 27 de Junio de 2008, y pongo esto entre comillado porque la película solo pudo verse en determinadas ciudades y en determinadas salas, protagonizando un paso por carteleras prácticamente oculto y totalmente ignorado. Aún así la película llamó la atención de Hollywood, siempre al acecho de nuevas historias que poder fagocitar y reestrenar tras un buen lavado de cara y la consabida americanización de estilo y contenidos, y ya esta en marcha el desarrollo de Timecrimes, con fecha prevista de estreno en 2011. Probablemente, la americana tendrá mas éxito y mas reconocimiento en nuestra tierra que la española, así que no están de mas todas las palabras que podamos dedicarle a la cinta de Nacho Vigalondo, que sin ser una película redonda, si contiene un punto de partida original y un guión inteligente, lo cual es menos habitual de lo que parece y es de agradecer.
Estamos acostumbrados a ver películas de viajes temporales en las que sus protagonistas son transportados al pasado unos pocos años (The time machine, 2002) o decenas de años (Back to the future, 1985), por lo general para arreglar algo del presente con lo que sus protagonistas están disconformes. En unas, los protagonistas consiguen su objetivo cambiando elementos o acciones del pasado para solucionar el futuro del que vienen y otras, mas fatalistas, nos enseñan (como dice el titulo del episodio 5.11 de Lost, Whatever happened, happened, 2009) que lo hecho, hecho está y que los intentos por cambiarlo no harán sino empeorar las cosas. Los cronocrímenes pertenece a este último grupo en tanto las acciones de Héctor (Karra Elejalde) se presentaran totalmente inútiles de cara a solucionar la tragedia. Pocas veces se nos ha mostrado el destino de una forma tan aciaga e irresoluble y es, en esa imposibilidad trágica del protagonista y en sus consiguientes y fallidos intentos de solución donde se encuentra uno de los puntos fuertes del filme de Vigalondo, acentuado en el hecho de que el personaje no viaja al pasado para solucionar nada, sino por puro accidente. El protagonista parte de una situación en apariencia agradable, se acaba de mudar de casa y tiene una feliz relación con su mujer, para caer atrapado en una espiral de la que difícilmente podrá salir. Parece por tanto, casi cómico el momento en el que Héctor, tras su primer viaje, se entere (y con él, el espectador) de que se encuentra poco mas de una hora antes en el tiempo del momento en el que partió. Acostumbrados pues a viajes en el tiempo a lo largo de muchos años, parece pues, poco probable que pueda cimentarse algo a nivel dramático sobre una premisa tan simple como es un viaje accidental de poco mas de una hora hacia el pasado. Es, por lo tanto, sorprendente la historia que viene a continuación, con las dosis adecuadas de tensión y drama y por supuesto, con un crimen que habrá que resolver (o no).
A pesar de lo inteligente y bien hilvanado del guión (casi un encaje de bolillos por su dificultad), escrito por el propio director, este, está basado en una serie de inconsistencias sobre las que se apoya la historia y sin las cuales no podría seguir adelante (cf. la confianza con la que sigue las ordenes que le indica la voz de un desconocido a través de un walkie, la cantidad a todas luces innecesaria de venda en la herida del brazo, sin la cual no sería posible la transformación del villano de la cara vendada). Estos pequeños sinsentidos restan credibilidad a una obra que por otro frente se ve atacada por una manifiesta carencia de recursos que hacen que la película roce en ocasiones la serie B, algo a lo que no ayuda la desganada interpretación de Karra Elejalde ni del propio Vigalondo, claramente mejor director que interprete, o la escasez de escenarios en los que se desarrolla la acción.
Pasando por alto los fallos comentados, la película tiene algunos aciertos que la hacen ganar unos cuantos enteros. La imagen del villano es sin duda lo mejor de la película, sirve como imagen promocional del filme y le da a este una personalidad reconocible y distinguible de otras películas de temática similar. El fetichismo que envuelve toda la película es otro de ellos. Todos los personajes tienen un fetiche con el que sentirse identificados y que sirve de concepto definitorio de sus distintas personalidades. Héctor con sus prismáticos siempre a cuello, al fin y al cabo, es su faceta de mirón la que acabará provocando todo lo que venga a continuación. Pocas veces veremos al joven (Nacho Vigalondo) lejos de su maquina del tiempo. El joven estará presente cada vez que Héctor emprenda un viaje y cada vez que llegue a “su destino”, podríamos decir, recurriendo de nuevo a Perdidos (no obstante los creadores de la serie han reconocido públicamente la influencia del filme de Vigalondo en su quinta temporada), que el joven es la constante necesaria para los viajes de Héctor a través del tiempo, como Penny lo fue para Desmond en uno de los mejores capítulos de la serie (4.05 The Constant, 2008). En cuanto a la chica (Bárbara Goenaga), ella misma representa el fetiche definitivo, pues si bien es el momento voyeur de Héctor el que provoca todo el problema, es a la chica a quien Héctor mira y por quien se adentra en el bosque, es a ella a la que está mirando cuando es atacado por primera vez y es a ella a quien utilizará, como si de un objeto se tratase, para arreglar las cosas después del trágico accidente, acción esta, dulce ironía, que acabará provocando a su vez, el trágico accidente.

Vigalondo no ha resultado ser la gran revelación que muchos esperaban tras la nominación al oscar al mejor cortometraje por 7:35 de la mañana (2003) en 2005. Probablemente esto, unido a su interés por el fantástico han provocado que no se le preste toda la atención que merece. Sin duda lo que sí ha demostrado es ser un director competente y con una personalidad muy marcada, con una propuesta original y fresca y con un saber hacer más que correcto. Esperemos que su nueva película (de la que recientemente ha desvelado el argumento) reciba el trato que merece y le permita demostrar unas habilidades que en Los cronocrímenes han quedado tan solo apuntadas.