
He aquí una película que probablemente no veremos, ni en DVD ni mucho menos en pantalla grande. No es la mejor película del año, pero mirando el top ten de recaudación en la taquilla española de la semana pasada, Last Ride (Id, 2009) es sin duda mejor película que más de la mitad de las que aparecen ahí. Puesto que (no nos engañemos) el cine es un negocio que busca como todos los demás, ganar beneficio; es en cierta manera comprensible que una película que nadie va a ver no llegue a estrenarse. Lo que me lleva a una pequeña reflexión. Este tipo de películas ¿no se estrenan porque las distribuidoras saben que no va a haber nadie que vaya a verlas? o, ¿no hay nadie que vaya a verlas porque no se estrenan? Ya se que es una cuestión totalmente circular. ¿Qué fue antes, la gallina, el huevo o la sartén que lo fríe? Personalmente, tengo fe en la sensibilidad del publico, obviamente hay gustos para todo y gente a la que le gustan un tipo de películas u otro; pero creo sinceramente que si la oferta cinematográfica cambiara, el publico también lo haría, pero claro, probablemente una película como Last Ride por mucho éxito que pudiera llegar a tener jamás llegaría a la recaudación de un Principe de Persia (Prince of Persia: The sands of time, Mike Newell, 2010) o un La saga crepúsculo: Eclipse (The twilight saga: Eclipse, David Slade, 2010) (9,75 millones y 17,8 millones acumulados respectivamente a 25 de julio solo en nuestro país según datos de boxoffice España) y ahí entraríamos en otra discusión -¿respeto y cuidado del arte o maximización de beneficios a costa de todo lo demás?- de la cual no disponemos de espacio para desarrollar. Quizás para otro día. Prestemos atención pues a la película que nos ocupa.
Los éxitos tempranos no siempre acaban bien. Artistas sobre los que se ha puesto excesiva confianza debido a un fulgurante éxito acaban despeñándose al dejar claro que el mismo era solo producto de las circunstancias y no de su talento. Este no parece ser el caso de Glendyn Ivin, director australiano que deslumbró en 2003 con Cracker Bag (Id, 2003), cortometraje con el que ganó, entre otros,
Mac Gudgeon firma un guión bien construido que va desvelando sus secretos poco a poco, utilizando los diálogos de forma excepcional para emitir no solo una completa descripción de los personajes sino también de las situaciones que han llevado a estos hasta el punto en el que se encuentran. La importancia no reside en porqué sino en quién. Es mínima la atención que se presta a la huida en sí, apenas una imagen en un noticiario y algún comentario perdido recuerdan que la disfuncional familia está huyendo de la justicia. El viaje físico que acometen Kev (Weaving) y Chook (Russell) está presente únicamente para dar contexto al verdadero viaje, que es el que acontece en el interior de cada uno de ellos. Tanto es así que ni siquiera llegamos a saber el lugar hacia el que se dirigen.
Kev es un sociopata que ha estado varias veces en prisión y que repentinamente tiene que hacerse cargo de un hijo al que apenas conoce cuando la madre de este lo abandona –en un momento del film el niño llega a insinuar que la razón del abandono fueron los malos tratos, algo que su padre niega-. Tras un trágico suceso del que tardaremos en saber, arrastrará a su hijo por todo el país en una huida desesperada que en su caso se dará a un doble nivel: físico, en la huida de la justicia que le persigue; y emocional, huyendo de los errores que su padre cometió con él y que Kev se ve incapaz de evitar en la relación con su hijo. Finalmente será demasiado tarde cuando por fin aprenda a ser padre, dándose cuenta de que ambas huidas han acabado en derrota. Hugo Weaving -en una de las mejores interpretaciones de su carrera- construye a un personaje creíble como violento ex-convicto, pero con ciertos detalles que muestran a la persona que podría haber sido si las circunstancias hubieran sido otras.
Pero el verdadero protagonista de la película es Chook, el niño de diez años que sin quererlo acabará pagando los errores de sus progenitores. Empieza la película siguiendo a su padre en su huída, dado que es todo lo que conoce y todo lo que tiene, pero acabará teniendo que tomar las decisiones mas duras que un hombre debe tomar. Pronto nos daremos cuenta de que, como suele ocurrir con los niños, Chook es mucho más consciente de lo que parece de la situación en la que se encuentran. A este respecto la conversación que mantiene mientras él se baña con una antigua novia de su padre, Maryanne (Anita Hegh) es reveladora, y uno de los mejores momentos de la película. El niño se cuestionará a lo largo de todo el film las preguntas que debería plantearse su padre, demostrando así la madurez de la que este carece.
Ivin se instala cómodamente en la tradicional road-movie familiar poniendo el acento en el viaje del niño desde la infancia inocente hasta la mas cruda madurez -como ya hiciera Sam Mendes en Camino a la perdición (Road to Perdition, 2002)-. La autentica historia es la de Chook, su padre solo está ahí como catalizador, como medio para llevarle de un punto a otro (literal y metafóricamente). La dependencia de su padre comenzará a cuestionarla en casa de Maryanne cuando ella le diga que hay mucha gente que lo quiere. Poco a poco esa semilla de duda irá germinando, debido a las acciones de su padre el espacio que los separa se irá haciendo cada vez mas y mas grande (cf. la escena en la que, junto al río, después de haberle pegado, Kev abre los ojos para descubrir a su hijo sosteniendo un piedra de grandes dimensiones sobre su cabeza), Poco a poco Chook irá haciendo pagar al padre las cosas malas que este ha hecho, primero las que le ha hecho a él (cf. en la escena de la gasolinera lo castiga por haberlo dejado tirado en el lago) y posteriormente las que ha hecho a otros (Max) en el desierto al final de la película. Es mediante el desafío hacia su padre al que había seguido ciegamente donde encuentra su verdadera identidad. Finalmente descubrirá que la situación es inversa, es su padre quien solo lo tiene a él en el mundo. Kev resultará ser una persona mucho más frágil e indefensa que Chook. El golpe que recibirá de su hijo en el desierto será mucho más fuerte del que podría haberle causado la piedra junto al río.
Ivin utilizan la belleza de los paisajes australianos para mostrar la soledad de los personajes en su viaje y la progresiva aparición de planos cada vez más generales para mostrar la distancia cada vez mayor que los separa. Es preciso destacar el uso del lago Gairdner en la escena en la que más a flor de piel están los sentimientos de ambos personajes. La inmensidad blanca del paisaje helado contrasta con la desnudez emocional de ambos. Es curioso también como las personas que se encuentran por el camino, excepto la mujer -que en cierta manera marca el principio del viaje exterior de ambos e interior de Chook-, representan para ellos lo mismo que los animales con los que se cruzan, tan solo seres exóticos con los que pasan algún tiempo (poco) pero que no pueden afectar a la relación entre padre e hijo ni afectar en el camino físico y emocional que están llevando a cabo.

Como en otras muchas buenas historias, al final lo importante no han sido los porqués o los comos, sino lo quiénes. Los personajes y sus relaciones. A pesar de todo, Last Ride está lejos de ser una película perfecta. Los flashbacks aunque introducidos de forma suave distraen de la acción principal y hacen pensar a uno si no había otra manera de contar el pasado del que huyen los personajes; y el aspecto indie de la película (con la inevitable guitarra steel incluida en su banda sonora) quizás esté algo forzado a fin de conseguir el inmerecido prestigio del que suelen disfrutar muchos de estos films. Aún así, es una buena película que se merece sin duda una oportunidad. Ante la aparente falta de críticas sobre la misma en España (a mi me ha resultado imposible encontrar ninguna, lo que no quiere decir que no se haya publicado alguna) y las pocas también fuera de las hechas por el propio país de origen, espero que este modesto texto sirva para que alguien mas descubra esta pequeña joya australiana.
