lunes, 12 de abril de 2021

Reel One anuncia un nuevo sello para películas de serie B en Blu-ray


La editora y distribuidora de cine en formato doméstico Reel One ha anunciado hoy el lanzamiento de un nuevo sello demonizado Midnight Sessions, destinado a dar cabida a películas de marcada serie B que reinaron en los cines en las décadas de los años 70 y 80, para disfrutar de sesiones de medianoche o en programas dobles. 

La película responsable de inaugurar este sello será Inseminoid, dirigida por Norman J Warren y protagonizada por Robin Clarke, Jennifer Ashley, Stephanie Beacham, Victoria Tennant y Judy Geeson. 


La película, que será editada en Bluray por primera vez en nuestro país cuenta como una expedición de científicos y arqueólogos destinados en un remoto planeta es atacada por una fuerza desconocida cuando un monstruo alienígena insemina a una de sus integrantes, dando a luz a criaturas sedientas de sangre. Una película ideal para organizar una sesión doble fantástica. Habrá que esperar a futuros anuncios del Reel One para saber con qué acompañarla.

A continuación tenéis el trailer en inglés de Inseminoid para ir abriendo el apetito.


jueves, 8 de abril de 2021

Crítica. 'Nomadland'. Cloé Zhao

El primer plano de Nomadland (Id, 2020, Cloe Zhao) muestra a Fern (Frances McDormand) en un trastero de alquiler de su desaparecido pueblo, recogiendo las posesiones de su marido fallecido. Fern se aferra a una prenda suya pero es incapaz de llorar. Esas lágrimas, incapaces de salir de sus ojos, caen en cambio en forma de gotas de agua desde el tejado del trastero. El plano, bellamente compuesto muestra a Fern aferrada a la prenda, mientras en primer plano caen estas lágrimas de deshielo. Uno de los últimos planos de la película muestra a la protagonista después de un año de recorrido físico y vital a lo largo y ancho de los Estados Unidos en el mismo lugar y esta vez sí, llorando. Esos dos momentos sintetizan a la perfección Nomadland. No se trata de llegar a ningún sitio, sino de hacer todo un viaje emocional que, cientos de kilómetros después, deja a Fern de nuevo en el mismo sitio pero completamente cambiada por dentro

Igual que su anterior película, la maravillosa The Rider (Id, 2017, Zhao), Nomadland es una historia sobre alguien que tiene que hacer lo que tiene que hacer, no porque esté obligado a ello sino por una suerte de determinismo vital. Hay ciertas personas que han nacido para estar en un sitio concreto, para dedicarse a una tarea determinada, y Fern en Nomadland, igual que Brady (Brady Jandreau) en The Rider son estas personas. Ambos mantienen una lucha constante entre salir de la vida a la que se han visto abocados o abrazarla por completo. Y solo mediante esta última opción logran alcanzar la catarsis definitiva que buscaban sin saberlo


Zhao sigue a Fern mientras esta deambula por los parajes desiertos de los Estados Unidos con una perspectiva objetiva, casi documental —no por nada la gran mayoría de los personajes de la película están interpretados por personas reales que aparecen en la película tal y como son, algunos de los nómadas reales que Zhao encontró en el camino, algo que también ocurría en The Rider—. Pese a la enorme emotividad de la película, no hay nada de subjetividad en su realización. No hay ni un solo sentimiento provocado. Mediante planos siempre objetivos, la directora se limita a seguir a los personajes y son ellos quienes transmiten, a través de sus acciones y diálogos, sin intromisión de la cámara en las emociones del espectador. Zhao se limita a mostrar una realidad sin inmiscuirse en ella. 


Y la realidad que enfoca Nomadland es un área de la población norteamericana, y por extensión en cierto modo occidental, que no suele ser mostrada por la ficción: los desposeídos, los abandonados, la puerta trasera de la sociedad. Personas en su mayoría de elevada edad —pero no únicamente— que han sido despedidas, desahuciadas, que han sufrido tragedias o enfermedades y viven ahora al margen de la sociedad. Pero Zhao no hace de la crítica al sistema capitalista el centro de su película. Si bien está presente de forma tangencial a lo largo de todo el metraje, lo que realmente muestra es un grupo de personas alejadas de la sociedad, no necesariamente —o exclusivamente— por culpa del sistema económico. Fern fue despedida del trabajo, e incluso el pueblo industrial en el que vivía desapareció literalmente del mapa; pero siguen existiendo para ella oportunidades de reinsertarse en la comunidad que desde un lugar entre lo consciente y lo inconsciente ella misma rechaza. Donde ha fallado la sociedad no es tanto en dar trabajo o cobijo a estos nómadas sino en darles apoyo cuando lo han necesitado, crear un espacio y un sistema que pueda ayudarles a salir adelante desde un punto de vista emocional. Los nómadas con los que Fern se cruza en su periplo han perdido a familiares, han sido diagnosticados con enfermedades terminales o sencillamente no son capaces de encontrar un lugar adecuado para ellos en la sociedad. Como le ocurre a la propia Fern, el sistema les ha empujado a vivir una vida nómada que en muchos casos ya estaba dentro de ellos. Se trata de personas en busca de algo, pero ese algo no está al final de ningún camino marcado, sino en cada kilómetro de la carretera, en cada piedra del desierto. Una de ellas, Swankie, rememora los parajes que ha visto en sus viajes y las maravillas naturales que ha contemplado, “si hubiera muerto en aquel momento, hubiera muerto feliz. No me quedaba nada más por hacer”. Las personas que habitan Nomadland no tienen que hacer las paces con nadie más que consigo mismos. Encontrar dentro de sí el equilibrio necesario para seguir adelante.

miércoles, 7 de abril de 2021

Nace Arvi Licensing que distribuirá en formato físico las películas de Sony y Universal


Arvi Licensing
es el nombre de la nueva empresa española que trae a los amantes del cine en casa los mejores títulos en DVD, Blu-ray y 4K UHD. La recién creada compañía ha adquirido las licencias para distribuir en España y Andorra, en exclusiva, los títulos en formato físico de Sony Pictures Entertainment, Universal Pictures, Entertainment One (eOne), Vértigo Films y F&P Media

Este acuerdo de licencias entró en vigor el 1 de abril, y los primeros lanzamientos de Arvi tendrán lugar el próximo 21 de abril. Los títulos lanzados por Arvi podrán encontrarse en las tiendas habituales con secciones de cine en casa, tanto físicas como online. 

De capital 100% español y con sede en Madrid, Arvi ofrecerá entretenimiento en casa con los más altos estándares de calidad, ocupándose de la gestión, producción, distribución y comercialización de los títulos en formato físico de Sony Pictures Entertainment, Universal Pictures, eOne, Vértigo Films y F&P Media. El objetivo de Arvi es ofrecer ediciones excelentes para todos los tipos de público: amantes de los grandes éxitos comerciales, cine familiar y animación, series de prestigio, cine de autor, documentales y clásicos. La empresa ha contado con el importante apoyo de Avalmadrid. 

Arvi cubrirá con sus lanzamientos todo el espectro de formatos físicos: DVD, Blu-ray y 4K UHD, con una clara apuesta por la ultra alta definición, editando novedades cinematográficas y títulos destacados de catálogo que se verán mejor que nunca en UHD

Otro de los pilares de Arvi será la reivindicación de los clásicos, con reediciones remasterizadas de títulos inolvidables, packs especiales para cinéfilos y editando por primera vez en Blu-ray clásicos que nunca habían estado disponibles en alta definición. En los próximos meses, películas memorables de directores como Billy Wilder, Douglas Sirk, Frank Capra, Ernst Lubitsch o Fritz Lang tendrán una nueva vida con ediciones por primera vez en Blu-ray. 

El equipo tras Arvi 

Los fundadores de Arvi son Sergio Arranz y Juan Manuel Villalba, profesionales con más de dos décadas de experiencia en la industria audiovisual, especializados en el ámbito del cineen casa en formato físico. Arranz y Villalba se acompañan de un equipo altamente cualificado que cubrirá todas las áreas de la comercialización y distribución de entretenimiento en formato físico: producción, logística, ventas, finanzas, marketing... 

En palabras de Arranz y Villalba, socios directores de Arvi, “los creadores de Arvi hemos desempeñado puestos directivos en estudios de Hollywood, por lo que la nueva empresa está avalada por nuestros excelentes resultados gestionando los portfolios de estos estudios a lo largo de los últimos 20 años, así como por la relación de confianza con los estudios construida durante décadas”. Según los directivos, este acuerdo de licencia en exclusiva “da comienzo a una nueva colaboración muy beneficiosa para ambas partes, con la seguridad de que el portfolio de los estudios queda en las mejores manos durante los próximos años”. 



Los títulos más esperados 


Gracias a este acuerdo de licencias, Arvi lanzará después de su estreno en cines las ediciones en DVD, Blu-ray y 4K UHD de los grandes blockbusters más esperados, tales como la nueva entrega de la franquicia Bond, Sin tiempo para morir, Fast & Furious 9, Cazafantasmas: Más allá o la última encarnación del terrorífico Mike Myers en Halloween Kills. En el universo de Spider-Man, Arvi traerá en formato físico la tercera película con Tom Holland como el trepamuros, Spider-Man: Sin camino a casa, así como dos títulos donde dos némesis del superhéroe toman el protagonismo: Venom: Habrá matanza y Morbius

También habrá tardes de sofá y palomitas en familia gracias a Arvi: la empresa será la responsable de editar en formato físico los títulos más deseados por los más pequeños, como las deliciosas creaciones de Illumination, ‘Minions: El origen de Gru’ y las secuelas de ‘¡Canta!’ y ‘La familia Addams’; la animación con el sello Dreamworks con ‘Bebé jefazo 2’ y ‘Spirit Untamed’ ; la descacharrante cuarta entrega de ‘Hotel Transilvania’ o el regreso del conejo más encantador y gamberro con ‘Peter Rabbit 2: A la fuga’. 

Precisamente, uno de los primeros grandes lanzamientos de Arvi es un título familiar de Universal Pictures, Los Croods: Una nueva era. El último éxito de Dreamworks llegará en DVD y Blu-ray el próximo 21 de abril.

martes, 6 de abril de 2021

Crítica: 'Godzilla vs. Kong', Adam Wyngard

Godzilla vs. Kong (Id, 2020, Adam Wingard) es la definición gráfica de lección aprendida. La película, cierre de esta imaginaria “primera fase” del Monsterverso, es capaz de sumar los aciertos de las películas anteriores de la franquicia dejando de lado los principales fallos, dando como resultado un blockbuster de manual de los que, como está siendo demostrado, pueden arrastrar al público a las salas. 

Recordemos brevemente las anteriores iteraciones de este Monsterverso. En Godzilla (Id, 2014, Gareth Edwards) se trató de aplicar a rajatabla aquello de insinuar siempre es mejor que mostrar en una película que pedía a gritos todo lo contrario, más aún cuando la trama de los personajes humanos —así como los propios personajes— fallaban estrepitosamente. Kong: La Isla Calavera (Kong: Skull Island, 2017, Jordan Vogt-Roberts), sin duda la más equilibrada hasta el momento, aprovechaba el look sesentero reminiscente de Apocalypse Now (Id, 1979, Francis Ford Coppola) y un reparto más que solvente para ofrecer una película mucho más redonda que la anterior. Aquí sí, la criatura se mostraba desde el primer momento, y la acción estaba a la altura, aunque quizás su ubicación y ambientación temporal la dejaran en una posición algo deslocalizada dentro de la saga. Por su parte Godzilla: el rey de los monstruos (Godzilla: King of the Monsters, 2019, Michael Dougherty) fue con todo. La espectacularidad alcanzada por las batallas del monstruo nuclear contra el resto de criaturas de la película era algo nunca antes visto. La trama de los personajes humanos seguía sin importar a nadie y la acción no quedaba excesivamente bien narrada, pero los niveles de espectacularidad eran mayúsculos. Godzilla vs. Kong toma lo mejor de cada una de ellas para crear una espectacular explosión visual de 113 minutos de duración




Uno de los grandes aciertos de la cinta reside en el entendimiento de que ambas criaturas provienen de contextos diferentes que poco tienen en común entre sí. Esto, que podría haber jugado en contra de una película que quiere hacernos creer que el simio gigante y el monstruo nuclear tienen un mismo origen, acaba siendo una baza a favor cuando se utiliza para contar dos historias diferentes separando las tramas de cada personaje. Mientras Godzilla se mantiene a orillas de grandes ciudades que poder destrozar, Kong, el verdadero protagonista de la cinta, se mete de lleno en una aventura de ciencia-ficción pulp abrazando de pleno las teorías de la Tierra Hueca que apenas se apuntaban en anteriores entregas. Parecería difícil de creer que un mundo que conoce y lidia con la existencia de los Titanes siguiera siendo igual que el mundo que conocemos, y Godzilla vs Kong es consciente de ello. La película dedica algunos minutos —pocos— a mostrar cómo ha cambiado el mundo, científica y socialmente desde la aparición de Godzilla en la primera película, y esto sirve de excusa para, cuando llega el momento, meterse de lleno en una ciencia ficción desvergonzada y sin complejos. Los conceptos locos que presenta la película no tendrían cabida en los entornos más realistas de las anteriores entregas pero encajan con facilidad en el mundo que muestra esta película. 



Y por supuesto la acción. Más cercana a la claridad narrativa de Kong: Isla Calavera que al barullo digital de Godzilla: rey de los monstruos. Cuando las criaturas se enfrentan, y lo hacen pronto y en un buen número de minutos de la cinta, lo hacen a lo grande. En todo momento queda claro lo que está pasando. La acción de Godzilla Vs Kong es lo más espectacular que se ha visto en una pantalla de cine en años. Por supuesto, como es de esperar en un producto de franquicia como este, no hay atisbo alguno de personalidad fílmica tras la dirección de Wingard, si bien es cierto que se aprecian algunos movimientos de cámara y planificación de escenas que realzan la espectacularidad de la película y lo posicionan como un nombre a tener en cuenta para futuros productos de estas características. 



Godzilla vs Kong es una cinta de acción masiva y espectacular que invita a no pararse a pensar dos veces en lo que te está contando. Su guión tiene numerosos aciertos, más estructurales que narrativos, pero en su mayoría no deja de ser una sucesión de escenas que permiten enlazar una set piece tras otra sin perder demasiado tiempo. Y sus protagonistas humanos quedan a medio camino entre lo tolerable y lo indiferente aunque siendo honestos no sobran en ningún caso. Es una película que da exactamente lo que ofrece a un nivel más que sobresaliente, perfectamente consciente de su condición y con una maestría en la ejecución envidiable.

jueves, 25 de marzo de 2021

'La Liga de la Justicia de Zack Snyder'


¿Qué hacemos con todo esto?

Hablar de La Liga de la Justicia de Zack Snyder (Zack Snyder’s Justice League, Zack Snyder, 2021) es casi hoy en día un deporte de riesgo. El director se ha convertido con los años en uno de esos personajes públicos que generan una controversia malsana a su alrededor, un agresivo enfrentamiento entre detractores y partidarios que empaña sus películas haciendo difícil crear un diálogo sano a su alrededor. Cuando uno lleva meses criticando a un director y la película que está filmando, se hace difícil apreciar, al menos públicamente, las virtudes que pueda tener la cinta, igual que se presenta una tarea prácticamente imposible reconocer los fallos cuando has sido el mayor defensor de la obra antes incluso de esta fuese algo más allá de una entelequia. Lo que ha existido alrededor de esta película es muestra de lo peor que internet puede ofrecer pero también la ha convertido sin duda en uno de los sucesos cinematográficos de los últimos años. No solo por su cualidades fílmicas sino por lo que tiene de movimiento social y por el significado que tiene para el futuro de la industria. Una industria en la que cada vez más, el poder de decisión está mudando de directivos trajeados a la gran masa formada por el público. Si esto es bueno o malo aún está por ver.


Dicho esto me parece importante dejar clara mi posición respecto a la cinta desde el inicio, así, si alguien no la comparte puede cerrar la ventana del navegador y ahorrarse un buen número de palabras. Liga de la Justicia (Justice League, Snyder, 2017), la película estrenada en 2017, planteada por Zack Snyder y firmada por Josh Whedon no me gustó. Cierto es que la aprecié algo más cuando la revisité tiempo después, pero sigo creyendo que es una cinta mediocre que aqueja de la principal crítica que se le ha hecho siempre al universo DC de Warner, algo que no por más repetido es menos cierto. Pisaron el acelerador demasiado pronto y quisieron emular en tres películas lo que la competencia había hecho en el doble. Batman V Superman: el amanecer de la justicia (Batman V Superman. Dawn of Justice, Snyder, 2016) ya fue precipitada, aunque siga siendo una de las mejores películas de la franquicia, se hizo demasiado pronto y podría haber tenido un calado mucho más hondo de haberla hecho con tiempo y planificación. Pero Liga de la Justicia fue la última gota. Llevar a buen puerto una película de grupo teniendo que presentar a más de la mitad del mismo y enfrentarlo a un villano hasta el momento inexistente era más de lo que nadie podría haber hecho, y el resultado fue una cinta de tono irregular a la que el cambio de director terminó de rematar. Cambiar al director de una producción cuando está lleva más de la mitad del rodaje hecho es siempre una decisión arriesgada, pero cuando la persona a sustituir es alguien con una personalidad cinematográfica tan marcada como la de Zack Snyder y habiendo sido además el responsable de erigir todo el universo hasta el momento, convierte a la decisión en no solo arriesgada sino totalmente catastrófica. Ponerse los zapatos de Snyder tuvo que ser todo un reto para Whedon, y nunca sabremos cuánto del resultado se debió al director y cuánto a la propia Warner, igual que nunca sabremos la película que hubiera visto la luz si Snyder hubiera podido terminarla.



El cajón de los recortes


Porque me parece cuanto menos arriesgado afirmar que la película que ha visto ahora la luz a través de la plataforma HBO es la película que Snyder hubiese estrenado en 2017. Por un lado es obvio que el cineasta ha tenido tres años para estudiar la reacción del público y como es lógico ha tomado buena nota de lo aprendido. En esta nueva iteración ha corregido todas las faltas que se achacaron a la cinta de 2017. Si el CGI dejaba mucho que desear, aquí luce de maravilla, donde encontrábamos un villano pobremente definido aquí es dotado de un trasfondo y profundidad nuevas, el humor fácil que tanto llamaba la atención ahora está medido al milímetro. Esta película es el estudio de tres años de las reacciones del público. 


Por otro lado Warner ha tomado la insólita decisión (o quizás no tanto si finalmente le permite reactivar un universo fílmico que hasta hace unas semanas sufría los últimos estertores) de dar carta blanca al creador. No solo una carta blanca sino la baraja entera, y un talonario en blanco de regalo. Snyder ha tenido una libertad creativa absoluta que más de un director consagrado ni ha soñado en toda su carrera, y de la que sin duda no hubiera podido disfrutar si la producción hubiese seguido su curso natural hace cuatro años. Muchos de los elogios que pueden hacerse a La Liga de la Justicia de Zack Snyder vienen precisamente por su duración y por el mayor espacio que tiene para desarrollar a sus personajes. Un espacio del que hubiese carecido en 2017, lo que hubiera provocado problemas similares a los que acabó teniendo la versión estrenada en cines. De modo que asumir que esta película es la versión que Snyder hubiera estrenado en su día si la tragedia no se hubiese cruzado en su vida es una ilusión. En cualquier caso, para analizar el resultado de la producción, todo esto tiene una importancia más bien transversal. La Liga de la Justicia de Zack Snyder es una película diferente a la Liga de la Justicia de Josh Whedon, con muchos elementos comunes, pero diferente.


También es obvio que estas cuatro horas no han salido únicamente del material descartado de aquella primigenia versión. Pueden apreciarse con claridad los planos que vienen del rodaje original, en su mayoría extensiones de escenas ya vistas que replantean en ocasiones por completo el significado o el alcance de las mismas. Pero con igual facilidad se aprecian planos filmados enteramente para esta versión -lo que nos regala un Ben Affleck en diversos estados físicos- e incluso se adivinan escenas creadas digitalmente insertando a los actores sacados de planos del rodaje original en nuevos planos enteramente digitales creados para la ocasión. Un refrito vamos. 




Más allá del estilo.


La película tiene un comienzo algo irregular que hace temer lo peor. Snyder es un cineasta eminentemente estético que prima lo visual a menudo sobre todo lo demás. Es habitual verlo usar y abusar de un estilo visual único y potentísimo, en ocasiones a costa de sus propias películas. En el caso de La Liga de la Justicia de Zack Snyder los primeros compases de la cinta muestran a este director que muchos llaman “de videoclips” como si fuera esto algo despectivo. Ciertamente todos sus tics visuales están aquí, el fetichismo visual, los planos a cámara lenta con canciones contemporáneas de fondo, escenas espectaculares, ideales para fabricar postres y fondos de pantalla pero que entorpecen a menudo la narración, el aspecto digital sobrecargadísimo… El epítome de esto sea posiblemente el plano a cámara lenta de la cuchilla de afeitar de Bruce Wayne (Ben Affleck) bajo el agua del grifo como si esta fuera el arma definitiva, la clave para salvar el universo.


También el formato de 4:3 parece una decisión demasiado caprichosa como para ser valorado positivamente. Cuesta encontrar un argumento narrativo apreciable que obligue al formato cuadrado, y cuando uno lleva unos minutos de película todo parece indicar que la cinta no es sino el resultado de dar a un director caprichoso todos los juguetes de la tienda para que juegue con ellos a su antojo.


Pero.


La película mejora, y de qué manera. Poco a poco va cogiendo carrerilla y como si el propio Snyder fuese entrando en calor va siendo cada vez más contenida y precisa. Parece ridículo conceder estos adjetivos al cine de Zack Snyder pero lo cierto es que pese a tener cuatro horas de metraje, la película tiene un ritmo envidiable y mantiene la atención del espectador de forma magistral. Y esto es así no solo en las escenas de acción que las hay en gran cantidad, y de muy buena factura, sino a la pura narración que está contando. Todos los personajes tienen una profundidad de la que carecían en la anterior versión. Esto se aprecia especialmente en  el caso de Cyborg (Ray Fisher) y en Flash (Ezra Miller) , que en aquella eran meros bosquejos de lo que podían ser y aquí brillan con luz propia hasta el punto de quitar protagonismo a la tríada principal. Pero también ocurre con Aquaman (Jason Momoa), Batman, Superman (Henry Cavill) o Wonder Woman (Gal Gadot). Incluso personajes secundarios como Lois Lane (Amy Adams) pasan de ser meras herramientas narrativas a personajes bien construidos con algo que aportar a la historia. Lo mismo ocurre, por supuesto, con los villanos. En la versión de 2017 parecía difícil creer que un personaje como Steppenwolf (Ciarán Hinds) fuese la causa de la unión de los grandes héroes y que supusiese un verdadero aprieto para ellos. De algún modo parecía poca cosa para lo que uno supone que debe ser la Liga de la Justicia. Aquí por el contrario tiene un desarrollo nuevo, motivaciones y objetivos claros que le erigen como un villano digno y una verdadera amenaza. Y por supuesto está Darkseid, el que en la macrohistoria orquestada por Zack Snyder debería haber sido el gran villano, como lo fuera Thanos para el Universo Marvel. Aparece poco pero lo suficiente como para dejar la semilla. Su mera presencia aporta al conjunto un aire de grandeza que sienta muy bien al grupo.  


En esta película se acentúa el concepto de un mundo disgregado. No son solo los héroes quienes están separados tras los sucesos de Batman V Superman. El mundo está dividido y su principal ídolo ha caído. La unión de los héroes es una metáfora de la unión de la humanidad, un retorno a la grandeza, un recuperar la gloria perdida que apenas se intuía en la versión de 2017 pero que aquí queda perfectamente claro. Hay una historia global de la humanidad que se ve reflejada a pequeña escala en la historia de estos seis personajes. Batman en la primera versión apenas era el responsable de reclutamiento e inventario del grupo, pero aquí adquiere una entidad mayor como verdadero líder de los héroes. A lo largo de la narración llega a encontrar la fe y dispone de un verdadero arco de redención que sirve de broche perfecto de una historia que no nos han contado pero que intuimos gracias a lo que se nos cuenta en esta y en la anterior cinta. Aquaman posee la solemnidad que se le asume al personaje y Wonder Woman se convierte en el verdadero símbolo que nos habían contado que era, pero que no habíamos llegado a ver. Superman por su parte tiene menor presencia en la película en términos relativos dada la mayor duración de la cinta, pero esto le otorga sorprendentemente un protagonismo mayor. Por un lado deja espacio para que respiren el resto de personajes lo que indirectamente le beneficia como miembro de un grupo mucho mejor construido, pero por otro la reducción de su presencia lo coloca en el lugar en el que debe estar, como icono y símbolo. Ese potente faro que da luz allá donde ya no queda esperanza. En 2017 era una mera solución a un problema, el arma pesada que sacar cuando todo lo demás falla. Ahora por es uno más del grupo, el pegamento último que hacía falta para cohesionar al grupo protagonista.




La versión definitiva.


Es difícil valorar una película como esta con todo lo que la ha rodeado. Es mejor película que la versión anterior, de eso no hay duda. Pero hay que reconocer también que gran parte de esta mejora viene por el espacio del que dispone para contar su historia. Podríamos decir que el buen director no es solo el que sabe contar una historia sino el que sabe contarla sin que sobre ni falte nada. Me cuesta afirmar que no sobra nada en esta Liga de la Justicia de Zack Snyder. La película es entretenidísima y un disfrute visual de principio a fin pero no puedo dejar de pensar que se podría haber contado lo mismo en menos tiempo y sin perder ninguno de los elementos positivos de la cinta. Esto, sin embargo no hace un mal director a Snyder, no necesariamente, pero sí uno afortunado que ha tenido la oportunidad de su vida para contar lo que quería contar del modo en que quería hacerlo. En cualquier caso el resultado global de la cinta es muy positivo, pero es que además tiene algo que hace que se la pueda apreciar todavía más, y es que hace mejores a todas las demás películas del universo DC. Tomando esta película como continuación natural de El hombre de Acero (Man of Steel, Snyder, 2013) y Batman V Superman, aquellas ganan una identidad nueva como partes constituyentes de un todo mucho más cohesionado que antes. Igual que el resto de películas del universo. Esta película ha  hecho más por la creación de un universo compartido que todas las anteriores juntas.




#YAhoraQué


Zack Snyder hubiera sido un necio si hubiera dejado pasar la oportunidad que le han brindado para soltar todo lo que tenía dentro. Esta era la ocasión de poner encima de la mesa el universo ficticio que tenía en su cabeza y que no pudo hacer realidad y no la ha desaprovechado. Snyder tenía clara la línea argumental con la que continuar las historias de la Liga de la Justicia y plantea aquí los primeros hilos de lo que poyete ser una historia gigantesca y épica. La cantidad de elementos que introduce en la película que apuntan hacia diferentes hilos de un universo todavía sin explorar es asombrosa, no solo mediante personajes y cameos sino especialmente gracias a esa espectacular y extensa escena final que apunta a toda una trama para el futuro. Es inutil plantearse si este era o no el plan original que Warner y/o Snyder tenían desde el comienzo y es probable que nunca lo sepamos, pero en cualquier caso, si lo que aquí se apunta llega algún día a ver la luz, el universo DC de Warner tiene la oportunidad de ser mucho mejor de lo que ha sido hasta ahora. Han hecho falta menos de 24 horas para que un nuevo hashtag nazca en la red, #Releasethesnyderverse. Y viendo lo ocurrido en los últimos años es de esperar una presión masiva hacia la major para seguir dejando al director que muestre su visión. Parecería de locos que Warner dejase marchar una oportunidad con la que ni siquiera habían soñado de reanimar su moribundo universo, pero cierto es que quedan demasiados cabos sueltos ajenos a lo estrictamente narrativo, no siendo el menor de ellos que Ben Affleck se haya alejado definitivamente de Warner y que ya esté en producción una nueva versión del murciélago. En cualquier caso, si Warner, de la mano de Zack Snyder es capaz de poner su trastero en orden y traer de nuevo al barco a todas las personas necesarias para hacerlo, será algo que merezca la pena seguir, tanto por lo puramente cinematográfico como por lo estrictamente empresarial.


En definitiva La Liga de la Justicia de Zack Snyder es una película que mejora en todos los sentidos a la versión estrenada en 2017 y que tiene todo lo bueno y también lo malo de su director. Es una película de superhéroes épica y grandiosa como corresponde a la Liga de la Justicia y con unos protagonistas, ahora sí, a los que el espectador quiere seguir. Al final sirve para anclar todavía más a Snyder como un director con una concepción única del espectáculo visual, del cine como estética que no muchos entienden y comparte, pero que es sin duda necesaria en un mercado copado por superproducciones salidas de una misma cadena de montaje. Esta película demuestra que cuando Zack Snyder dispone del tiempo y el espacio para desarrollarse, es capaz de limar sus mayores tics y entregar una producción sobresaliente.


martes, 19 de enero de 2016

'Los odiosos ocho', Quentin Tarantino

Al comienzo de la Los odiosos ocho (The hateful eight, Quentin Tarantino, 2015), el cazarrecompensas John Ruth (Kurt Russell) lleva a la forajida Daisy Domergue (Jenifer Jason Leight) en diligencia rumbo al pueblo de Red Rock para ser juzgada y ahorcada. En el camino, huyendo de una ominosa ventisca, se cruzan con el mayor Marquis Warren (Samuel L. Jackson) que, dirigiéndose al mismo lugar, solicita un lugar en la diligencia. Ruth va a recibir 15000 dólares por Domergue y eso le hace estar algo suspicaz hacia todo aquel con quien se cruza, no vaya a ser que le arrebaten el premio. Esta situación da lugar a una de esas escenas tan del gusto de Tarantino en la que Russell dentro y Jackson fuera se enzarzan en un largo diálogo mientras la cámara se fija en aquellos gestos que otras cámaras hubieran pasado por alto  –cf. para el simple hecho de dejar las armas en el suelo, Samuel L Jackson, da media vuelta, da sus buenos pasos hacia una roca, gira, las deja sobre ella, se le cruza su propia bufanda, vuelve a girar y vuelve a desandar los mismos pasos hacia la diligencia, casi un minuto que otro director hubiera saldado en 10 segundos-. Algo después, y tras varios minutos de diálogo entre Russell, Jackson y Leight en el interior de la diligencia, vuelven a cruzarse con otro hombre solitario en el camino que también solicita asilo en el vehículo. No hay elipsis que valga. El proceso vuelve a ocurrir, y Tarantino lo filma de nuevo como si fuera la primera vez. Tras media hora de película, la trama apenas ha avanzado. Ha sido media hora dedicada a la construcción de personajes, pero sobre todo ha sido media hora dedicada a hacer lo que a Tarantino más le gusta, meter a varias personas en un pequeño espacio y ponerlas a hablar. La película continúa hasta el final, y tras tres horas de metraje queda la sensación de llevar un rato tomando una cerveza con Tarantino mientras te cuenta sus filias.


Quentin Tarantino ha llegado al punto de rodar las películas que quiere rodar sin plantearse demasiadas cosas más. No se aprecia en su cine ninguna reflexión sobre los intereses del público a la hora de planificar sus películas. Filma lo que le apetece filmar y como le apetece filmarlo. Con la ayuda de sus sospechosos habituales (además de Russell y Jackson, también rondan por ahí Tim Roth, Michael Madsen, Walton Goggins, Bruce Dern, James Parks o Zoë Bell) escribe un guión que está más cercano al espíritu del teatro que al del cine y se da el gusto sin ninguna otra razón de peso de rodarlo en “gloriosos 70 mm” con todos los quebraderos de cabeza que ello lleva hoy en día para rodar y para proyectar. Cada escena de la película está salida de la mente del director sin pasar por ningún otro filtro. Al final, qué puede ser más puro Tarantino que una película que transcurre casi enteramente dentro de cuatro paredes con 8 personajes encerrados en ellas a la fuerza. Tarantino se recrea en su cine, largos soliloquios, miradas eternas, planos que mueren un segundo antes de pasar a ser demasiado largos y en ningún momento se detiene a plantearse si el espectador le seguirá en su camino. Él hace lo que quiere hacer, y los demás que actúen en consecuencia. Su cine está hecho desde el amor del cinéfago no desde la racionalidad del cinéfilo. Y para disfrutarlo hay que aceptarlo.


Pero eso no quiere decir que Tarantino no se permita jugar un poco con el espectador –desde el guión eso sí, no desde la cámara-. Desde lo tramposo de su título, -por cierto que el título original, The hateful eight tiene una bonita analogía con el de Los siete magníficos (The magnificent seven, John Sturges, 1970) añadiendo además una capa más de significado a la película. Claro, todo esto se pierde en la equivocada traducción al español- hasta lo engañoso del género, Los odiosos ocho está más cerca de los diez negritos de Agatha Christie que de Django Desencadenado (Django Unchained, Tarantino, 2012) y es una de las cosas que la hace más interesante. La cinta pronto se convierte en un whodunit, con pinceladas de procedimental, manteniendo el western solo en la ambientación y en la caracterización de personajes. Esto último por supuesto, lo es todo en una película que acontece casi en su totalidad en una cabaña aislada por una ventisca. Las dinámicas que se crean en la contraposición de unos personajes sobre otros más el misterio de quién de los allí presentes no es quién dice ser son la clave de toda la película y el motivo de que se sostenga durante tres horas sin decaer ni un minuto. Habría que ver qué directores hoy en día –o guionistas- son capaces de mantener el interés durante tres horas prácticamente solo a base del diálogo entre personajes.


Dos tercios de la película se dedican a preparar la acción, y cuando llega no defrauda. No grandes y elaboradas set pieces, si no acción entrecortada, que mana con rabia de la película como a borbotones. Cada disparo tiene su consecuencia, y Tarantino se regodea mostrándola. Cada ronda de disparos va seguida de un nuevo statu quo en la habitación que vuelve a establecerse antes de dejar libres de nuevo los revólveres. Y lo mejor es que no hay forma de saber qué va a llegar a continuación. Tarantino continúa haciendo trampas durante todo el metraje para romper las expectativas del espectador e incluso hace uso de la propia estructura narrativa para ello –no es nada nuevo, este recurso lo lleva utilizando desde sus primeras películas-. Los odiosos ocho, y el cine de Tarantino en general, es visceral, apela a esa parte del cerebro que está escondida en un rincón oscuro, alejada de la racionalidad, no admite medias tintas. O te gusta, o lo odias. Tienes que estar en la misma longitud de onda que su director. Pero si lo estás, Los odiosos ocho son tres horas de puro cine destilado al 99%.

lunes, 11 de enero de 2016

'Star Wars: El despertar de la Fuerza', reconstruyendo el pasado

[Advertencia: En el presente texto se revelan detalles importantes de la trama de la película]

Star Wars: El despertar de la Fuerza (Star Wars: The Force Awakens, JJ Abrams, 2015) era una película difícil de sacar adelante. Con un nivel de expectación y de presión pocas veces visto, parecía una tarea imposible poder contentar a todo el mundo. Iba a ser criticada desde todos los ámbitos y además tenía que ser una película sólida económica y artisticamente que asegurara el futuro de una franquicia que, antes del estreno de esta película, ya tenía firmado el estreno de otras cuatro películas en años próximos. El nivel de riesgo asumible era limitado. Esto, unido al éxito de varias películas que se han estrenado este año y cuya estructura era una mezcla entre secuela y remake como Jurassic World (Id, Jonathan Trevorrow, 2015) o Mad Max: Furia en la carretera (Mad Max: Fury Road, George Miller, 2015) –incluso podríamos meter aquí otras películas que de forma menos destacada han seguido también una fómula de regreso a los inicios como Misión Imposible: Nación Secreta (Mission: Impossible – Rogue Nation, Christopher McQuarrie, 2015) – hacen lógica la decisión de Disney de seguir la misma estela con la franquicia galáctica. De este modo, llevando a cabo una película que sea a la vez refrito de La guerra de las galaxias (Star Wars, Gerge Lucas, 1977) y continuación argumental de la trilogía anterior contentan a los aficionados de toda la vida asegurando los suficientes elementos de conexión con las fantasías de su pasado y atrapan a toda una nueva generación con un producto que ya se ha demostrado exitoso en el pasado. Por tanto, criticable el poco riesgo creativo tomado, por supuesto, pero no puede achacársele a Disney lo erróneo de la decisión, pues como maniobra comercial era lo más indicado, y si existe una franquicia hoy en día que se aleje más del cine como arte y se asiente con firmeza en el cine como producto esta es sin duda Star Wars.


Es evidente la doble función de la película. Por un lado contentar desde la nostalgia al espectador más veterano que ha crecido con la trilogía original y por otro captar a nuevos espectadores y convertirlos en profetas de la saga del mismo modo que hizo la película original en 1977. Esto queda patente desde las propias líneas de texto que dan comienzo a la película.  “Luke Skywalker (Mark Hamill) ha desaparecido” apela al espectador veterano y a su esperanza por vivir de nuevo la experiencia, pero no queda explicado todo el contexto político e histórico que ha llevado a la galaxia desde el punto en que la dejamos al final de El retorno del Jedi (Return of the Jedi, Richard Marquand, 1983) hasta el comienzo de El despertar de la Fuerza 32 años después. La decisión es acertada pues coloca al espectador en la misma posición que cuando vio La guerra de las galaxias, emocionado con lo que está viendo pero al mismo tiempo extrañado con todo lo que tiene en pantalla, lleno de preguntas sobre el universo que se le está presentando. Se aleja pues, del concepto que usó George Lucas en las precuelas, en las que se esforzó por explicar hasta el último detalle del contexto sociopolítico que estaba teniendo lugar en el momento de la acción dirigiéndose claramente al aficionado más versado en la mitología de la saga. El despertar de la Fuerza, no va dirigida a este si no al público nuevo, busca la emoción de lo novedoso, de los desconocido, más que la satisfacción por la continuación de un universo con 30 años de desarrollo.


Pese a las múltiples similitudes estructurales y argumentales, no es tan fácil comparar El despertar de la Fuerza con La guerra de las galaxias si atendemos a que esta última en su origen era una película unitaria de la que no estaba asegurada ninguna continuación, mientras que la película que nos ocupa es claramente una película bisagra. El despertar de la Fuerza tiene un objetivo claro que es tomar el relevo de la trilogía clásica y dar comienzo a una nueva dejando que sea el episodio VIII el que plantee la novedad ya asentado desde su comienzo en esta nueva línea argumental. Para cumplir esta función de puente entre 30 años de historias, JJ Abrams utiliza de forma inteligente a los personajes ya conocidos para presentar a los nuevos aunque con diferentes funciones. Mientras que la princesa Leia (Carrie Fisher) –ahora general–, R2D2 o C3PO (Anthony Daniels) están ahí para mantener la sensación de continuidad, de permanencia en un mismo universo, Han Solo (Harrison Ford) es quién ejerce de maestro de ceremonias. Es él quien introduce a los nuevos protagonistas en la gran trama longitudinal de la saga –la lucha de la luz contra la oscuridad–, es él quien ejerce de nexo entre personajes clásicos y nuevos –como padre de Kylo Ren (Adam Driver) es literalmente la unión entre ambas generaciones– y es él quien finalmente ejerza, con su muerte, de punto de no retorno para los nuevos protagonistas. La muerte de Solo es el momento en que Rey (Daisy Ridley) y Kylo Ren –y en menor medida Finn (John Boyega) y Chewbacca (Peter Mayhew), y quizá Luke Skywalker pero eso está aún por ver– entran de lleno en la trama, es su momento de evolución personal, el acontecimiento que los impulsa hacia el desenlace de la película y el futuro de la saga. Solo es por lo tanto la chispa que comienza esta nueva trilogía. Y desde este planteamiento habría que entender El despertar de la Fuerza, no como una película unitaria, si no como el primer acto de una película mayor.


Si los personajes clásicos ejercen de acompañantes, son los nuevos los que acaban teniendo el protagonismo, y estos están todos escogidos siguiendo el patrón de la trilogía clásica. Rey es Luke Skywalker, Poe Dameron (Oscar Isaac) es Han Solo, Finn es una mezcla entre C3PO como elemento cómico y Princesa Leia como acompañante de sexo opuesto y Kylo Ren sería, claro, Darth Vader. De entre todos ellos, Rey es la más semejante a su homólogo; de Dameron parecen haberse perdido en sucesivas ediciones de la película varias escenas que lo desarrollen en profundidad y Finn es quizá el más novedoso y el de planteamiento más original. Pero si un personaje destaca sobre todos los demás este es Kylo Ren.

Kylo Ren, el gran villano de la historia es un villano muy diferente a Darth Vader. Kylo Ren, el hijo de Han Solo y la princesa Leia, nieto de Darth Vader, entrenado en la fuerza por su tío Luke Skywalker y caído en el lado oscuro es el gran villano shakespeariano. Ansia de poder, conflicto con el padre, renuncia a su mentor, problemas de temperamento, Kylo Ren es un enemigo mucho más interesante de lo que fue Darth Vader en La guerra e las galaxias. No olvidemos que el drama de Darth Vader se detalló en gran medida de forma retroactiva en las precuelas y que en la trilogía clásica apenas tenía dos pinceladas de desarrollo al finalizar los episodios V y VI, El Imperio contraataca (The Empire Strikes Back, 1980, Irvin Kershner) y El retorno del Jedi . Lo que impactó de Vader en su momento y lo convirtió en uno de los personajes de ficción más conocidos de la historia fue su imponente presencia física y el misterio que se ocultaba tras su negro uniforme –no obstante en El imperio contraataca, Lucas se vio obligado a insertar un plano del villano sin casco para despejar las dudas de gran parte del público sobre si era un hombre o un robot–. Ante la imposibilidad de imitar a Vader, el camino opuesto era la decisión lógica. Mientras que con Vader se jugaba al misterio, con Kylo Ren se opta por el desarrollo. El camino que aquel tardó 6 películas en recorrer, este lo recorre en una. Hay una escena significativa al respecto cuando Ren está arrodillado frente al casco calcinado de Darth Vader, tomando su relevo, ansiando alcanzar su nivel, lograr lo que él logró. Lo que estamos viendo son las aspiraciones de Kylo Ren como personaje de ficción. Dotar a Ren de rostro humano, convertirlo en un joven torturado le aporta una humanidad y un drama del que carece cualquier otro villano de la saga, que por lo general son villanos sin doblez. Este es por fin el villano con dudas, con trasfondo, con emoción. Diametralmente opuesto al Darth Vader (David Prowse) del La guerra de las galaxias o al Darth Maul (Ray Park) de La amenza fantasma (Star Wars: Episode I – The Phantom Menace, Lucas, 1999) o al Conde Dooku (Christpher Lee) de El ataque de los clones (Star Wars: Episode II – Attack of the Clones, Lucas, 2002)….


Acertada es también la elección de Abrams dirigiendo la producción. Un realizador que ya ha demostrado en otras ocasiones su solvencia a la hora de tomar un imaginario envejecido y darle una capa de pintura nueva, respetando lo antiguo y dándole un aspecto moderno, lo hizo con Star Trek (Id, Abrams, 2009), lo hizo con Super 8 (Id, Abrams, 2011), y de un modo u otro lo ha hecho en casi todas sus producciones. Abrams no solo retoma el universo Star Wars para actualizarlo si no que lo hace suyo mezclándolo con su propio universo para presentar una película que es tanto una parte de la gran saga galáctica como una película de JJ Abrams. Como esto último, El despertar de la Fuerza está lleno de secretos, secretos que provocan rumores y dan que hablar al aficionado, pero que en última instancia no tienen la menor importancia. Su única función es servir de vehículo para desarrollar a los personajes, para darles profundidad, personajes que lejos de ser planos tienen una profundidad insólita para una producción de estas características. Podríamos defender incluso el uso de una estructura argumental ya usada, pues al fin y al cabo, no es más que eso, la estructura, el esqueleto que permite construir sobre él. Lo que importa realmente son los personajes que crecen a partir de ahí, y esto es algo muy propio de Abrams. También en el apartado técnico, la elección de Abrams era la adecuada para llevar a cabo esta labor, su amor por lo analógico y su dominio de lo digital es uno de los factores que más influyen en que El despertar de la Fuerza recuerde más a la trilogía clásica que a las precuelas, demasiado digitales como para aguantar con entereza el paso del tiempo. El despertar de la Fuerza tiene un aroma real, y eso se nota en gran medida en las actuaciones de los actores que han tenido todo un mundo de referencia en el que actuar.


Star Wars: El despertar de la Fuerza es una película con un objetivo claro del que sale vencedora. Ejerce de enlace entre una película que, no olvidemos, se estrenó hace 32 años, y toda una nueva generación de espectadores, y prepara el terreno para una nueva saga que nacerá a partir de aquí. Y lo hace respetando enormemente toda una tradición, no solo argumental si no también en lo referente a una forma de hacer cine que en muchos aspectos inventó el propio Lucas con La guerra de las galaxias. Y aunque es cierto que se echa de menos una apuesta algo más arriesgada en lugar de reandar los caminos ya trazados, lo cierto es que en conjunto es una película trepidante y sólida que aprueba con notable tanto los aspectos técnicos como artísticos y de la que las mayores faltas que se le pueden achacar provienen de la nostalgia y de 32 años de fantasías.